En mis cincuenta años de oficio, he visto cómo la frustración puede desbordar a cualquier persona.
Tuve un caso en el que el demandante perdió una apelación y, en lugar de aceptar la incertidumbre del proceso, demandó a sus propios abogados, mis clientes.
Alegaba que sus abogados no le habían informado del riesgo real de perder el recurso y de tener que asumir el coste de las costas judiciales.
Por ello, reclamaba una indemnización por el dinero que tuvo que pagar.
Su argumento era puro miedo y enfado:
“Si pagué las costas, fue porque ellos no me avisaron o fallaron”.
Detrás de esta frustración hay una verdad esencial que debemos entender, y es que un abogado es un estratega, no un adivino.
La obligación era por tanto de medios, de aplicar la máxima diligencia y el mejor plan posible (la lex artis), nunca de garantizar un resultado.
Quien te prometa la victoria, no te está diciendo la verdad.
Y no basta con sentirse perjudicado, hay que demostrar ante el Juez que hubo una negligencia directa y que esa negligencia le causó un daño.
En este ejemplo de responsabilidad civil profesional la defensa radicaba en la comprensión de que la batalla legal se gana o se pierde en la carga de la prueba.
El “apelante afligido” falló porque sus argumentos eran genéricos; le faltó la explicación técnica y el razonamiento sólido.
La verdad sin pruebas no vale nada en un juzgado.
Y en el Derecho, como en la literatura, la clave está en comprender la historia completa antes de escribir el final.
