En cualquier momento sale el tema inevitable. La inteligencia artificial. ChatGPT, Claude, Gemini…alguien podría decir que poco tiempo un aparejador podría introducir los datos de una obra y obtener el análisis de riesgos, la documentación técnica y hasta la estrategia de defensa ante una reclamación.
Y tendría razón. Hay cosas que estas herramientas hacen bien, y sería un error ignorarlo.
Pero siempre llega el lunes.
Y a las nueve de la mañana ya teníamos el expediente de un aparejador al que su aseguradora acababa de comunicar que el siniestro quedaba fuera de cobertura. El plazo decenal, el informe pericial del promotor, una cláusula de exclusión que nadie había leído con atención cuando se firmó la póliza…
Lo que ningún algoritmo ha sabido hacer todavía
Leer entre líneas la nota de calificación del Registro y entender qué quiere decir realmente el registrador antes de que el plazo para recurrir expire.
Llamar al perito de la aseguradora antes de que formalice su informe y negociar el enfoque técnico cuando todavía hay margen para hacerlo.
Saber cuándo conviene responder a un requerimiento de la Administración y cuándo responder en ese momento cierra puertas que más adelante necesitarás abiertas.
Reconocer en una sentencia de primera instancia que el juez no ha entendido el caso, y preparar la apelación desde el primer día, no cuando ya está perdida.
Decidir, con un expediente disciplinario encima de la mesa, si la estrategia es defenderse hasta el final o llegar a un acuerdo que evite consecuencias en el colegio profesional.
Estar presente cuando el aparejador declara, y ver en la sala lo que los folios no van a recoger jamás.
Por qué la inteligencia artificial no reemplaza el criterio jurídico
La inteligencia artificial procesa información con una velocidad y una capacidad que ningún profesional puede igualar. Pero el ejercicio del derecho no es solo procesamiento de información. Es interpretación de contexto, gestión de personas y toma de decisiones en condiciones de incertidumbre donde los datos disponibles nunca son completos.
Un aparejador que recibe una reclamación de responsabilidad civil profesional no necesita un sistema que le genere un documento tipo. Necesita saber si esa reclamación tiene fundamento real, si su póliza cubre la situación concreta, cómo actuar en las primeras horas para no cerrar opciones y quién va a estar a su lado cuando el procedimiento se complique.
Eso requiere criterio. Y el criterio se forma con años de ver cómo terminan las cosas, no con parámetros de entrenamiento.
Lo más curioso del asunto es que lo que probablemente nos salve a todos de la inteligencia artificial es lo mismo que les salva a ellos en la administración: que al final de la cadena siempre hay alguien que necesita una firma, una responsabilidad y una persona que se haga cargo de lo que ocurra después.
La máquina no se sienta en el juzgado. Ni asume las consecuencias.
